Plan de lectura


MAYO 2014

GANADORES DEL CERTÁMEN LITERARIO Y  LOS DIFERENTES CONCURSOS
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Concurso de relatos de terror, convocado por el Plan de Lectura en Halloween:

       1º Ciclo: Candela Ruano Feo de 2º C, por su relato titulado “Música envenenada”

       2º Ciclo: Alicia Casais Morales de 3º Diversificación, por el relato titulado “Diarios de Nochebuena”

X Concurso de Ingenio, convocado por el Departamento de Matemáticas:

          -Ingeniosa e Ingeniosos de oro: Adrián García Pérez de 2º A, Gonzalo García Lumbreras, Hugo Hilario Reyes  y Aruca Pedrero Redondo de 2º C.

           -Ingeniosos de Plata: Mario Azañedo Herranz de “2º A, Iñaki Aguado Ortega, Francisco Carrasco  Gaona  y Daniel Cobos López de 2º D.

           -Ingeniosos de bronce: Adrián de la Calle Gómez, David Delgado  Serrano y Javier Hernández del Olmo de 2º A.

VIII Certamen Literario:

           -Cartel del VIII Certamen Literario: Lucía Martínez Hernández de 4º C.

            -Premio del 1º nivel (1º y 2º de ESO), por una estructura y una trama bien elaboradas, un lenguaje rico y cuidado y unas bellas descripciones de paisajes y sentimientos, para el relato titulado “Historia de otro Platero” de Gonzalo García Lumbreras de 2º C.

            -Premio del 2º nivel (3º y 4º de ESO), por un relato vibrante, lleno de aventura, en el que la amistad y la fidelidad son protagonistas, para el relato titulado “Amigo fiel” de Jairo Pina Blanco, alumno de 3º ESO del IES Antonio Buero Vallejo de Guadalajara.

            -Premio del 3º nivel (Bachillerato y Ciclos Formativos), por un lenguaje  a veces sutil, a veces realista, lleno de sensaciones, ensoñaciones y un tanto de ironía,  para el relato titulado “Yo el burro, él mi burrito” de Martín Gómez Terol, alumno de 2º Bachillerato del IES Luis de Lucena de Guadalajara.



           -Premio del  4º nivel (Padres y madres del IES Ana Mª Matute), por su originalidad en la elección del narrador,  por su magnífica ambientación y por la transmisión de los valores universales de justicia,  para el relato titulado “La última luna de Platero” de Fernando Hernández Correa, padre del alumno Alberto Hernández Guardia de 1º A Bach.


GANADOR DEL SECTOR PADRES


LA ÚLTIMA LUNA DE PLATERO

Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños. Siempre he tratado de protegerle frente a los otros, su inocencia le hace tan vulnerable; pero por más que quise apartarle de los peligros a que le arrastraba su confianza e inconsciencia, no fui capaz de evitar que ahora se encontrara encerrado, encarcelado, esperando su destino fatal.
Llevamos juntos muchos años, tantos que mi memoria casi no alcanzaba a recordar el momento en que llegamos a hacernos compañeros inseparables, parece como si nuestra amistad viniera ligada a nuestra propia existencia. A pesar de ser tan diferentes formábamos un buen equipo, habíamos pasado media vida recorriendo la meseta castellana, con nuestro destartalado carro, vendiendo todo tipo de utensilios a los aldeanos de esta tierra seca y dura, que hace a los hombres desconfiados y huraños.
Comprábamos en la capital las cacerolas, sartenes, herramientas o cualquier otra cosa que nos encargasen, para pasar luego varios meses recorriendo con nuestro carromato los pueblos de la llanura. Un otoño, antes de que cayeran las primeras nieves, cruzamos la montaña hacia los puertos del norte y estuvimos negociando con los comerciantes que venían de Flandes; nos aprovisionamos de diversos objetos, difíciles de encontrar en Castilla y a la primavera siguiente volvimos a nuestra ruta habitual con un espíritu renovado. Fue todo un éxito, la gente se agolpaba ante el carro, buscando algún anillo que regalar, un adorno que embelleciera sus vidas o un vaso para beber el vino de las ocasiones especiales. Fue entonces cuando empezaron a llamar Platero a mi compañero, por la cantidad de objetos de plata que podían encontrar en nuestro humilde negocio. Algunos de nuestros mejores clientes eran los curas de las pequeñas iglesias que tachonaban la región, nos solían encargar algún cáliz, una patena o un crucifijo; de plata si la cosecha había sido buena y los feligreses habían contribuido religiosamente a llenar el cepillo de la iglesia o de latón si las cosas no habían ido tan bien. También los peregrinos solían pararnos a su paso para comprarnos algún utensilio que tuvieran que reponer de sus maltrechos morrales o buscar algún regalo que llevar en su regreso a casa.
Fueron tiempos felices, vivíamos en el camino, sin grandes preocupaciones; dormíamos al raso, bajo un tupido manto de estrellas y nos movíamos de un lugar a otro con absoluta libertad. Lo que más me gustaba era el momento de la entrada en algún pueblo; me gustaba iniciar un trotecillo alegre para hacer sonar las cacerolas y sartenes que colgaban por todas partes del carro y avisar así de nuestra llegada. Los primeros en salir a nuestro encuentro eran los niños, gritando.
- Ya está aquí Platero, ya llegó el cacerolero.
Después asomaban las mujeres e iban llenando la plaza, rodeando nuestro carro. Les encantaba oír la charla aduladora de Platero.
- Damas y mozas del lugar, acercaos a admirar la belleza de mis joyas de plata, que siendo grande jamás podrá igualar en brillo a vuestra hermosura. Y para las que no necesitan adornos que realcen sus encantos, traigo sartenes y cacerolas, que en los fogones también se luce la buena moza castellana.
Acudían algunos hombres que se mantenían a cierta distancia, la mayoría viejos o tullidos que no podían trabajar en el campo y gastaban su tiempo en recelar de todo el mundo, viendo en Platero una amenaza para la integridad de las mujeres del pueblo.
No vendíamos mucho, eran tiempos difíciles, pero con lo poco que sacábamos teníamos suficiente para hacer nuestra vida. Cuando visitábamos una villa más grande, solíamos acomodarnos en alguna posada. Entonces Platero disfrutaba de una buena cama, a menudo acompañado del calor de una mujer joven y yo de un cómodo pajar, donde también podía encontrar alguna pollina que me reconfortase esa noche. Pero yo prefería el campo abierto, ahí me sentía más a gusto, no acababa de acostumbrarme al hacer de los hombres; poco a poco le habían ido dando la espalda a la naturaleza, se habían encastillado en una posición arrogante y trataban al resto de seres de la creación con prepotencia y superioridad. Pero Platero era diferente, él comprendía el mundo tal como era y trataba a hombres, animales y plantas con igual conciencia.
Eso le llevaba a frecuentes enfrentamientos con otros hombres. Creo que le tenían cierta envidia por su modo de vida, por la libertad con la que se movía por el mundo y su sinceridad a la hora de relacionarse con los aldeanos, sobre todo con las aldeanas. Había ciertas cosas en él que irritaban a esos hombres hoscos, que ven en la alegría una amenaza a sus vidas afianzadas sobre sus posesiones, que ven con recelo a la gente que no ansía bienes materiales y eso mismo fue lo que le llevó a la situación en que nos encontrábamos ahora, separados por muros y rejas, esperando que llegara el momento fatídico, desencadenado por uno de esos enfrentamientos.
Platero ha vivido en armonía con la naturaleza, por eso nos hemos entendido siempre tan bien; nuestros compañeros de viaje son el milano que sobrevuela la llanura siguiendo la estela de nuestra carreta, el lobo que aúlla por la noche alrededor de nuestro campamento y también, por qué no, el conejo que alegra a veces nuestra cazuela. Conoce muchos remedios caseros hechos con plantas; para el dolor de tripa, de muelas o la fiebre; algunos se los enseñé yo. Pero no deja de ser un hombre y como tal, tiene una extraña predisposición para entrar en conflicto con los de su especie.
Aquella noche, como otras, me dejó solo en el campamento después de cenar; yo había notado cierta amenaza en el ambiente y le había advertido que no debía ir al pueblo, una extraña sensación me decía que algo iba a salir mal, pero no me hizo caso; se lavó bien, se puso su mejor casaca y se marchó canturreando mientras yo me quedaba al cargo del carro y la mercancía.
Habíamos trabajado hasta tarde, vendimos mucho y Platero estuvo muy inspirado, seduciendo a las mujeres con su palabrería y haciéndolas reír con sus ocurrencias; era lo que necesitaban, sepultadas como estaban en una vida de duro trabajo y viviendo con hombres que pensaban más en la cosecha y en la salud de los animales que en hacer feliz su existencia; un poco de alegría les animaba lo suficiente el espíritu para poder continuar con sus quehaceres cotidianos. Una de ellas no le quitaba ojo a Platero y cruzaron sonrisas y alguna mirada cómplice.
Los hombres habían llegado ya de sus trabajos en el campo y se acercaron también a la plaza a ver los cacharros que traíamos y sobre todo las herramientas que tenían que reponer. Unos cuantos se quedaron al lado del carro, murmurando.
- Qué se habrá creído este Platero; llega aquí con sus baratijas y su sonrisa y nos alborota a las mujeres.
- Pues que no se le ocurra ponerle la mano encima a ninguna o aquí habrá más que palabras.
Terminamos nuestro trabajo sin más contratiempo y nos retiramos a establecer nuestro campamento en un paraje fresco, no muy alejado del pueblo, al lado del río. Allí estaba yo, creo que me había dormido un rato, vigilando nuestro carro, cuando oí ruido de pasos y unas voces de hombres.
- Por aquí debe estar ese Platero, suele acampar a este lado del río.
- Mirad, ¿no es ese su carro?
- Sí, y su burro está al lado.
Se acercaron y comenzaron a golpear el carro y vocear.
-Platero, sal de ahí, queremos hacerte un regalo.
-Vaya, parece que no está.
-Bueno, pues si no podemos presentar nuestros respetos a Platero se los ofreceremos a su burro.
Se acercaron a mí, rodeándome.
- No se asuste vuesa merced, no vamos a hacerle daño, sólo queremos ponerle guapo.
No estaba asustado, sabía que eran unos fanfarrones que no pretendían nada grave. Sacaron unas tijeras de esquilar y se abalanzaron sobre mí, sujetándome del cuello y el rabo. No opuse resistencia, pero de un par de coces me los podía haber quitado de encima; sólo quería que acabasen cuanto antes con su pantomima para que Platero no se viese implicado. Comenzaron a cortarme el pelo a trasquilones, sin parar de reírse. Su aliento olía a vino barato y su ropa a sudor. Yo solo quería que acabasen de una vez. Justo cuando estaba decayendo su euforia, viendo que la diversión no era tanta al no ofrecer yo resistencia, llegó Platero.
- Que hacéis con mi burro, dejadle en paz.
- Vaya, vaya, que valiente nuestro Platero, sólo estábamos poniendo guapo a tu pollino.
Yo le grité a Platero, no te acerques, deja que se vayan, no ofrezcas resistencia. Pero sabía que no me iba a hacer caso. Se abalanzó sobre ellos con decisión y dio los dos primeros golpes, pero en seguida le sujetaron de los brazos y el que parecía el cabecilla del grupo se acercó a él con las tijeras en la mano. Platero se revolvió con furia y le propinó una patada en el pecho, con tan mala fortuna que tropezó y cayó hacia atrás golpeándose la nuca con una roca. Se quedó inmóvil en el suelo. Los otros soltaron a Platero y se acercaron a su compañero.
- Está muerto. Platero ha matado al amo.
Todo sucedió muy rápido a partir de ahí. Resulta que el muerto era el señor de las tierras del pueblo que había salido de juerga con algunos de sus campesinos, posiblemente con la intención de provocar a Platero e intentar humillarle con sus pesadas bromas. Los importantes amigos del señor utilizaron sus influencias para organizar un juicio rápido, pura pantomima, que sirviera de  escarmiento a todos aquellos hombres que, como Platero, habían pretendido saltarse las normas de las gentes de bien, viviendo con independencia, sin amo al que pagar tributo y amante de las mujeres de los demás. Ellos pretendían ser los propietarios de la tierra y de todo lo que contenía y no consentían que nadie pudiera gozar libremente de las que consideraban sus posesiones y mucho menos, pelear por defender su derecho a hacerlo.
No me dejaron entrar en la sala, ni al búho ni al ratón que también lo habían visto todo; pero puedo imaginar cómo fue el juicio. No podían perdonar a alguien que había matado a uno de ellos, aunque fuera en su propia defensa y en la de su amigo. Tan sólo hablaron a su favor el cura del lugar y el médico de la villa vecina, que sabían de la bondad de Platero y conocían de sobra la soberbia y crueldad del difunto amo de aquellas tierras. Muchos niños y campesinos se habían salvado gracias a la ayuda de Platero, que había entablillado una pierna, aplicado una cataplasma o preparado un ungüento, mientras yo tiraba del carro con todas mis fuerzas para llegar cuanto antes a casa de médico. Pero todas sus buenas acciones y el cariño de mucha gente de la zona no sirvieron de nada para defenderle ante la implacable decisión del juez, que le condenó a morir en la horca al amanecer.
No entiendo la justicia de los hombres; son capaces de matarse entre ellos por razones religiosas o por una frontera imaginaria en la tierra y sin embargo castigan de este modo a quien lucha por su integridad. Nosotros, los animales, cumplimos las leyes de la naturaleza, lejos de intereses creados por una élite de privilegiados que juzgan a su antojo; nosotros somos todos iguales y con los mismos derechos, no unos más que otros; nosotros sabemos que lo que hizo Platero lo habría hecho cualquiera con el valor suficiente para no dejarse pisotear y nuestra justicia habría condenado a los que acompañaron en su prepotencia y desprecio por los demás al amo fanfarrón que sucumbió en su intento de humillar a quien nada malo hizo.
Y ahora aquí estoy, esperando las primeras luces del alba para tratar de ver por última vez a mi amigo cuando le lleven al cadalso. Su último deseo fue que le llevaran su laúd a la celda y ahora podía escucharle entonando sus canciones a la luna, como tantas veces había hecho bajo el cielo estrellado en las frescas noches castellanas.
Dicen que lo animales no podemos llorar, que ese es privilegio exclusivo de los hombres, pero yo esta noche veo una luna borrosa y noto como las lágrimas resbalan por mi hocico; pensando que ya no podré compartir más momentos felices con Platero.

Fernando Hernández Correa


GANADOR DEL PRIMER CICLO ESO
AMIGO FIEL

Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños….
Corría una calurosa mañana de junio del año 1940.
- ¡Busca Mike, busca!
- ¡Guau, guau!
- ¡Buen chico Mike, venga otra vez!
Así pasaban la mañana Jack Norrington y su perro Mike en Red Village; un pequeño pueblo a 48 millas de Londres.
Jack, de dieciséis años veía a Mike correr por las verdes praderas tras la pelota de trapo y llevársela de vuelta para que repitiera este proceso una y otra vez. Mike era incansable, era grande, fuerte y muy inteligente. Jack lo había encontrado herido en el bosque cuatro años atrás y lo había cuidado como si fuera su hermano. El juego se vio interrumpido  por una atronadora voz.
-¡Jack, a comer ya! ¡Vamos hijo, que se enfría!
-¡Ya voy mamá, vamos Mike!
- ¡Guau, guau!
Era una sencilla casa de campo, en la que no había grandes lujos. En ella vivían Jack y su madre. El padre de Jack había muerto hace algunos años y Jack no le recordaba muy bien. Él y su madre vivían como podían del dinero que obtenían en el mercado del pueblo vendiendo hortalizas que cultivaban en su huerto. El día transcurrió rápido sin saber que la vida de Jack iba a cambiar completamente.
Al día siguiente, unos golpes sonaron fuertemente en la puerta. Unos hombres del ejército inglés estaban reclutando gente para mandarlos a un frente en Francia en ayuda de sus aliados franceses en contra del ejército alemán, que amenazaba con destruir toda Europa. Jack, fue sacado de casa a empujones mientras su madre lloraba sin poder hacer nada por evitarlo.  Le subieron a un camión, en él reconoció a otros chicos de su edad.
De repente, Jack empezó a oír ladridos que se acercaban al camión, era Mike. Su fiel perro le había seguido y no quería que se fuera sin él.
-¡Mike vuelve, por favor, quédate con mamá!
- ¡Guau, guau!
De un salto Mike se subió al camión, lo que provocó una sorpresa en los compañeros de viaje.
Tras varias horas en el camión, llegaron a Portsmouth donde un barco les esperaba para llevarles hasta la costa francesa. En el barco, enseñaron a Jack como disparar,  le asignaron un arma y le dieron un uniforme. Jack echaba de menos a su madre y su tranquila vida del pueblo. Por las noches lloraba y Mike le consolaba. Dormían el uno junto al otro sin saber lo que les sucedería al día siguiente.
Por la mañana desembarcaron en Francia y les esperaba un largo viaje hasta el frente. Jack poco a poco veía lo dura que estaba siendo la guerra. Cuando llegó a su destino, descubrió cientos de heridos en un improvisado hospital, y un ir y venir de personas de todo tipo. Jack sintió mucho miedo y quería irse de allí. Estuvo unos días en un campamento ayudando en el hospital en todo aquello que podía y pronto se ganó la amistad de mucha gente.
La aparente calma se vio interrumpida por un bombardeo, los alemanes atacaban y pronto el campamento se sumió en un caos.
Los ingleses y franceses intentaron reorganizarse todo lo rápido que pudieron pero los alemanes atacaban con todas sus fuerzas y tenían a favor el factor de la sorpresa.
Aviones alemanes sobrevolaban el llano dejando muchas bajas en los soldados aliados; pronto todos los alemanes estaban agrupados acribillando a ingleses y franceses. El contraataque tardó demasiado en llegar. Jack luchaba por abrirse paso entre sus compañeros y Mike seguía a su dueño sin parar de ladrar. Jack se cubrió detrás de una pared para no morir, los alemanes eran demasiados y pronto tomaron el campamento. Jack que había matado a varios enemigos, se escondió en una casa junto a Mike intentando no ser descubierto. Vio por una ventana a los alemanes registrando el campamento en busca de supervivientes; cuatro soldados entraron por la puerta gritando en un idioma incomprensible, Jack se ocultó detrás de unas escaleras. Le daba miedo respirar por sí le oían. Los alemanes se cansaron de buscar  y se marcharon. Jack suspiró de alivio pero su calma se vio interrumpida cuando no vio a su perro junto a él. Empezó a llamarle por toda la casa susurrando porque temía que los alemanes siguieran todavía buscándole. Al no encontrarle se volvió a su escondite anterior y lloró desconsoladamente. Pasaron las horas, y cuando Jack se hartó de esperar salió decidido a la calle en busca de su perro. Cuando salió, se encontró la calle llena de cuerpos y tuvo que cerrar los ojos para no vomitar, pero las ganas de volver junto a su perro eran más fuertes que el miedo que impedía que se movieran sus piernas por lo que siguió adelante en su búsqueda.
Justo antes de acabar el día, cuando ya había rodeado el campamento varias veces oyó  unos ladridos que le resultaban familiares dentro de una casa derruida por los bombardeos del ataque.
-¡Mike, Mike! ¡Estás ahí chico, contesta!
Pero nadie respondió a sus palabras. Decidió entrar en la casa, registró la primera planta pero no encontró nada, subió las escaleras y vio varias puertas, probó en las dos primeras… pero nada. Abrió la tercera y encontró a una chica de su edad debajo de la cama aterrorizada, Mike estaba a su lado junto al cuerpo de un soldado alemán con un mordisco terrible en la garganta. Su perro había salvado a la chica y Jack se alegró mucho por haberle encontrado sano y salvo. Intentó saber qué había ocurrido en aquella casa.
-¡Oye, soy inglés, no te voy a hacer daño, los alemanes ya se han ido! ¡Todo ha acabado!
La chica, se giró poco a poco y Jack vio que era de una belleza excepcional. Sonrojado, se agachó para acariciar a Mike.
-Me llamo Jack, ¿y tú?
-¡Gracias a Dios! Me llamo Juliette y soy francesa. Los alemanes entraron y mataron a mis padres. Cuando el soldado que les mató entró en la habitación, me vio debajo de la cama, yo creía que iba a morir pero, de repente, tu perro entró, le tiró al suelo y le mató.
- Tranquila, todo ha terminado pero debemos salir de aquí antes de que vuelvan. ¡Vamos, Juliette! ¡Hay que salir de aquí!
- ¡Tengo una pierna rota, no puedo andar! ¡Vete sin mí! ¡Nos matarán a los dos!
- ¡No te voy a dejar aquí! ¡Te llevaré en brazos si hace falta pero no voy a dejarte aquí!
Jack cogió a Juliette, con mucho esfuerzo bajó las escaleras y salieron de la casa. Cuando ya estaban en la calle, oyeron ruidos de motor, un convoy se acercaba. Jack creyendo que eran de nuevo los alemanes intentó volver a la casa, pero los coches ya estaban demasiado cerca. Así que Jack, dejó a Juliette en el suelo se puso delante y cogió su arma. Los coches se detuvieron justo delante de ellos, cuando ya estaba apuntando para disparar, dos hombres bajaron del primer vehículo y Jack se llevó la mayor alegría de su vida. Reconoció que eran ingleses ya que llevaban uniformes como el suyo. Un soldado era alto y fuerte, el otro era más bien bajo y obeso.
-¿Estás tú solo, chico? ¿Qué ha pasado con el resto de nuestros hombres?
- Señor, han muerto todos, sólo quedamos ella, mi perro y yo. Los alemanes han matado a todos los que encontraron. Tiene una pierna rota, debemos curarla.
Jack, contó toda su historia, desde que le habían sacado a la fuerza de su casa hasta que había encontrado a Juliette. El oficial, que resultó haber sido amigo de su madre, se quedó  asombrado de la valentía del muchacho y decidió sacarles a los tres de allí. Llevaron a la chica a un hospital donde curaron su pierna rota. Jack y Mike no se separaron de ella.
Tras un largo viaje, volvieron a Inglaterra y Jack se reencontró con su madre que se puso loca de alegría al verles. Le relató todo lo vivido en esos dos meses y su madre se sintió muy orgullosa del hijo que tenía.
Aunque la guerra no había acabado, Jack recibió la Medalla al Honor en Londres.
Tras acabar la guerra cinco años después, Jack y Juliette se casaron y formaron su familia. Escribió un libro contando sus aventuras que tuvo mucho éxito, en él, el protagonista principal no era Jack sino su perro Mike, ya que gracias a éste seguía vivo y había conocido a Juliette. Con ese libro, ganó mucho dinero y lo destinó en su gran mayoría a heridos y huérfanos de Inglaterra.
Mike, su amigo fiel, murió. Jack iba junto a su esposa todos los días a llevarle flores al lugar donde le habían enterrado. Jamás pudo olvidar a su compañero en el resto de los días de su vida.

Jairo Pina , del IES "Buero Vallejo
PELAYO


ENERO 2014


VIII CERTAMEN LITERARIO “ANA Mª MATUTE”. I.E.S. “ANA Mª MATUTE”, CABANILLAS DEL CAMPO. GUADALAJARA


         El Plan de Lectura del IES “Ana Mª Matute”  convoca el VIII Certamen Literario “Ana Mª Matute”.

Participantes

Podrán participar:
-         Todos los alumnos matriculados en el IES “Ana Mª Matute”, en cualquier curso de Secundaria, Bachillerato y Ciclos Formativos  durante el curso académico actual.
-         Los alumnos matriculados en cualquier curso de Secundaria, Bachillerato, Ciclos Formativos y PCPI de los I.E.S.O. y de los I.E.S. de Centros Públicos y Concertados, de Guadalajara capital y de la Provincia.
-         Los padres y madres cuyos hijos estén matriculados en el IES “Ana Mª Matute” en el  curso académico actual.
-         Los profesores que imparten clase en el IES “Ana Mª Matute” durante el curso académico actual.
-         Los antiguos alumnos del IES “Ana Mª Matute”, que hayan estado matriculados en el Centro en cursos anteriores.
Se establecerán seis categorías de participación:
- Primer Nivel: alumnos del Primer Ciclo de E.S.O.
- Segundo Nivel: alumnos del Segundo Ciclo de E.S.O. y PCPI
- Tercer Nivel: alumnos de Bachillerato y Ciclos Formativos
- Cuarto Nivel: padres y madres de alumnos del IES “Ana Mª             Matute”.
- Quinto Nivel: profesores del IES “Ana Mª Matute”
- Sexto Nivel: antiguos alumnos del IES “Ana Mª Matute”

Género

-         Los alumnos deberán escribir dentro del género de la narrativa breve.

Tema

-         El tema sobre el que versará el Certamen Literario será distinto cada año, según lo que decida la Comisión Organizadora del Certamen en la convocatoria anual.
-         Con motivo del primer centenario de la publicación de “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, para el VIII Certamen Literario “Ana Mª Matute”  el tema será:
“Sobre hombres y otros animales ”
-         En esta octava convocatoria, los trabajos deberán comenzar con el siguiente fragmento de “Platero y yo”:
Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Es tan igual a mi, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños

Presentación

-         Los trabajos se presentarán en folio, tamaño DIN A4, mecanografiados por una sola cara, con un mínimo de 2 folios y un máximo de 5.
-         El tamaño de la letra será 12 puntos, estilo Times New Roman, con un interlineado de 1,5.
-         Los trabajos se entregarán de la siguiente manera:
- Un sobre grande en el que figure “VIII Certamen Literario” y el Nivel por el que se concursa: Primer Ciclo de ESO, Segundo Ciclo de ESO y PCPI, Bachillerato y Ciclo Formativo, Padres y Madres de alumnos del IES “Ana Mª Matute”, Profesores del IES “Ana Mª Matute”, Antiguos Alumnos del IES “Ana Mª Matute”.
- En él se incluirán 3 copias del trabajo. Cada copia deberá ir SIN el nombre del participante, pero CON un pseudónimo.
- Dentro del sobre grande irá también un sobre pequeño, cerrado, en el que se incluirá un papel con los datos personales: nombre, apellidos, curso, grupo y Centro al que pertenezcan.
- Los  trabajos se pueden presentar en la Conserjería del IES Ana Mª Matute, o ser enviados a la siguiente dirección:
VIII Certamen Literario “Ana Mª Matute”
Plan de Lectura del IES “Ana Mª Matute”
Avda. Guadalajara s/n
19171 Cabanillas del Campo. Guadalajara
-         La fecha límite de entrega de todos los trabajos será el MIÉRCOLES, 24 DE ABRIL DE 2014.
-         Una vez resuelto el fallo del Jurado, los ganadores deberán presentar sus trabajos en formato digital a la siguiente dirección de correo electrónico: revista.mosaico@hotmail.com.

Premios

-         Se concederá un premio por cada Nivel de participantes.
-         Si se considera oportuno, se concederá un Accésit para cada Nivel.
-         Cada premiado del Primer, Segundo y Tercer Nivel de Participación, recibirá un premio en metálico de 70 euros y, todos ellos, además, un Diploma en el que figure su participación y premio.
-         Los premiados del Cuarto Nivel (Padres y Madres de alumnos del IES “Ana Mª Matute”), los del Quinto Nivel (Profesores del IES “Ana Mª Maute”) y los del Sexto Nivel (Antiguos Alumnos del IES “Ana Mª Matute”) recibirán un obsequio y el correspondiente Diploma acreditativo.

Jurado del Certamen

-El Jurado del VIII Certamen Literario “Ana Mª Matute” estará formalmente compuesto por:
- El Jefe del Departamento de Lengua Castellana y Literatura del IES “Ana Mª Matute”
- Un miembro del Equipo Directivo del IES “Ana Mª Matute”
- Un miembro de la Asociación de Padres y Madres del IES “Ana Mª Matute”
- Un miembro del Equipo del Plan de Lectura del IES “Ana Mª Matute”
- Un Concejal (Concejal de Cultura) del Ayuntamiento de Cabanillas del Campo.

- Si el número de participantes fuera muy elevado, con anterioridad a la actuación del Jurado, se formará una Comisión integrada por Profesores del Claustro del IES “Ana Mª Matute”, que realizarán  una preselección de los trabajos del Certamen, de todos los Niveles. Esta Comisión, formada por Profesores de cualquier Departamento del IES “Ana Mª Matute”, actuará durante el mes de abril de 2014, leyendo y valorando los trabajos del VIII Certamen Literario llegados al Centro.
- A continuación, el Jurado deberá leer y valorar los trabajos seleccionados por la Comisión y su deliberación y fallo serán inapelables. Dicho Jurado se deberá reunir durante la SEMANA DEL 12 AL 16 DE  MAYO   DE 2014.
- El Fallo del Jurado se dará a conocer a todos los Centros participantes  en la  cuarta  semana del mes de mayo  de 2014.
- La entrega de premios se llevará a cabo en una celebración académica  el  MIÉRCOLES, 28 DE MAYO  DE 2014, cuyo programa se dará a conocer previamente a todos los ganadores e invitados a la misma.

Patrocinadores

- Ayuntamiento de Cabanillas del Campo


NOVIEMBRE 2013

Concurso de relatos de terror

organizado por el Plan de lectura en Halloween:





1º CICLO GONZALO GARCÍA LUMBRERAS 2ºC



LA MUÑECA DIABÓLICA

Me desperté totalmente desorientado y con un dolor de cabeza muy intenso. A juzgar por la intensidad de la luz y el piar de los pájaros adiviné que me encontraba en un bosque. Cuando enfoqué la vista vi que me hallaba en un claro con árboles muy altos y matorrales frondosos. Intenté levantarme pero tenía un dolor muy fuerte en la pierna. Todo el pantalón estaba manchado de sangre y las manos llenas de sangre seca y cortes. ¿Dónde demonios estaba y cómo había llegado a aquel lugar?  Entonces la vi: una muñeca de unos 30 centímetros de alto con una larga melena rubia y unos ojos azules  tan reales que parecían estar vivos. Llevaba una camisa de lunares rojos y unos pequeños zapatitos negros de plástico. La típica muñeca que le gustaba a las niñas de hace 40 años. Algo en mi interior me dijo que me alejara de ese ser, que corriera, pero no entendía por qué. No entendía nada. Me fijé de nuevo en sus intensos ojos azules que, por un instante, me parecieron rojos y entró en mi mente un torrente de imágenes y recuerdos a una velocidad increíble. La muñeca, mi hermana, el ataque, la huida… Solté un grito ahogado y retrocedí desesperadamente a cuatro patas sin poder levantarme debido a mi pierna. Lo recordaba todo. Y sabía por qué debía alejarme de esa muñeca si quería vivir.
     ***Era una de las pocas mañanas soleadas del mes de septiembre. A algunos árboles se les empezaban a caer las hojas de manera perezosa. Aquel fin de semana yo me encontraba, como de costumbre, tumbado en una de las ramas más bajas del enorme sauce de mi jardín. Me encantaba levantarme antes del amanecer  y pasar la mañana en aquella rama recibiendo la agradable caricia de la brisa matutina. Todo era paz… hasta que llegó mi hermana. Era una niña de 7 años de piel morena y cabello cobrizo recogido en dos largas coletas. Sus bonitos ojos verdes recorrían el lugar en todas direcciones y su boca, falta de algunos dientes, chillaba estridentemente llamando a su madre.
- ¿Pero qué te pasa esta vez enana?- le dije entre enojado y aburrido.                                  
- He encontrado esta muñeca en el desván llena de polvo y se la iba a enseñar a mamá.          
- ¿No tendrás bastantes muñecas ya para que cojas otra de entre los trastos?- dije cansado- además es muy fea.                                                                                                                 
- ¡No es fea!- chilló hecha una furia- tú no lo entiendes porque eres un chico- y acto seguido, me hizo burla.                                                                                                                      
- Lo que tú digas pero lárgate ya y no me hagas perder otro precioso minuto de mi vida- dije molesto.
Mis ojos se cruzaron con los de la muñeca y sentí un escalofrío. Por un instante me pareció que sus ojos me seguían a medida que se alejaba en brazos de mi hermana en dirección a casa. Aparté rápidamente esos pensamientos de mi cabeza y seguí relajándome hasta que oí a mi madre gritar: ¡a comer! Entonces me di cuenta del hambre que tenía pues había desayunado hacía 7 horas. Bajé de un salto y  fui corriendo en dirección a la puerta de casa pues el último que llegara, fregaba.
Las alubias blancas no me levantaron mucho el apetito. Tuve que comer con desgana y encima escuchar el constante parloteo de mi hermana. Que si la muñeca hacía esto, que si la muñeca hacia lo otro, que su cabello era precioso, que la muñeca hablaba… Un momento. ¿La muñeca hablaba? Eso era ridículo pero, si algo sabía, es que mi hermana nunca decía mentiras. Me levanté de la mesa y con un “me duele la tripa” salí de la cocina y subí las escaleras hacia la habitación de mi hermana. La muñeca estaba en la estantería inmóvil con una media sonrisa que, si no me falla la memoria, antes no la tenía. Fui a la habitación de mi hermano de 1 año y cogí el aparato que utilizaban mis padres para vigilarlo. Tenía incorporada una cámara, lo que me iba a ser muy útil para poder espiar mejor a mi hermana. Lo cogí y lo puse en la parte más alta del armario, opuesto a la muñeca y me fui. Cogí el otro aparato conectado al que había colocado en el armario y me lo llevé al jardín. Estaba dispuesto a averiguar qué es lo que pasaba.
En una hora llegó mi hermana a su habitación. Cogió la muñeca como su más preciado tesoro y la puso en su regazo. Mi hermana empezó a parlotear con la muñeca de cómo lavarle el pelo y qué hacer con ese vestido tan feo. Pero la muñeca no respondía. Cuando me iba a rendir e iba a dejar de escuchar oí un murmullo casi imperceptible, formado por un coro de voces que salía de la muñeca. Era un idioma muy antiguo e imposible de identificar. Vi como mi hermana asentía con la cabeza una y otra vez hasta que la muñeca se calló. Mi hermana, como movida por un resorte, salió de la habitación. La muñeca, cuando estuvo sola, empezó a  moverse con sus dos patitas de plástico en dirección al armario desde donde la observaba. Un miedo muy intenso se apoderó de mi cuando desapareció de mi vista y, tras unos segundos, apareció su cara en la pantalla. Lo único que pude distinguir antes de que el aparato que emitía la imagen se apagase, fue su sonrisa malévola de trapo.
Todos corríamos un grave peligro. Intenté pensar con claridad pero el miedo bloqueaba mis pensamientos. Lo único que se me ocurría era tirar la muñeca. Armándome de todo el valor que tenía, me dirigí a la habitación de mi hermana. Allí estaba, en el mismo sitio del principio, como si no se hubiera movido. Lo único distinto era su sonrisa, su maquiavélica sonrisa que daba escalofríos. La cogí fuertemente del cuello y me fui corriendo con ella hasta el río que pasaba cerca de casa. Una vez allí, la tiré al agua y contemplé con satisfacción como se la llevaba la corriente y como se hundía su horrible sonrisa.
Me pasé el resto de la tarde intentando convencer a mis padres de lo que había pasado y, a pesar de que tenía 16 años y que me brotaban lágrimas de los ojos, mis padres me dijeron que lo habría soñado o que era fruto de mi imaginación. Desesperado, me encerré en mi habitación y me tumbé en la cama. Encendí la tele y me puse a hacer zapping intentando tranquilizarme.  Paré cuando llegué a mi canal favorito pero ni si quiera el programa  “Ahora Caigo” me evadía de mis oscuros pensamientos. Apagué la televisión y miré al techo con cara de embobado. Me empezó a entrar sueño y lo único que me vino a la cabeza fue que no había visto a mi hermana desde que se marchó de su habitación.
Me desperté con un extraño frío en la espalda. Eran las dos de la madrugada y había un silencio sepulcral en la casa. Lo único que me importaba  en ese momento era encontrar a mi hermana.  Llegué a su habitación temblando y abrí la puerta. Solté un grito al ver de nuevo a la muñeca, apoyada en la cornisa de la ventana, con su camisa de lunares rojos empapada. El grito despertó a mi hermana que, para mi alivio, se encontraba en su cama. Me miró con ojos risueños y cara de sorpresa. Al levantarse quedó a la vista una mancha roja de sangre en la colcha y, al lado, un cuchillo ensangrentado de cortar jamón. Los ojos se me salían de las órbitas y me temblaba la voz cuando le pregunté:    
-¿Qué has hecho con ese cuchillo, Erica?- dije al borde del llanto.                                               
-Yo no me acuerdo de nada hermano- dijo desconcertada- lo último que recuerdo fue que salí de mi habitación ayer por la tarde y luego… todo se volvió oscuro.
Se oyó otro grito en la casa pero esta vez no fue el mío, sino el de mi madre. Me temí lo peor. Corrí a toda velocidad clavándome astillas del suelo de madera en mis desnudos pies. Llegué hasta la cuna y vi a mi madre, sollozando de rodillas. En el centro de la cuna se hallaba mi hermano muerto, con una profunda marca de cuchillo en su pequeña cabecita.
Me pareció que el mundo entero se desmoronaba. Mi hermano de 1 año muerto. Quería correr y huir de allí pero el sentimiento de rabia era más fuerte. Fui a por la muñeca pero, para mi sorpresa, no estaba. Miré en todas direcciones sin localizarla hasta que oí golpes en el garaje. Ignorando los sollozos de mi madre y los gritos de mi padre, bajé las escaleras que conducían al garaje. Estaba todo oscuro pero brillaba algo en medio de la oscuridad. Era una llama. Tuve que entornar los ojos para ver que esas llamas salían de la mano de la muñeca que, extrañamente, había crecido hasta alcanzar el tamaño de mi hermana pequeña. Su sonrisa se había hecho más ancha y le asomaban unos blancos dientes por las comisuras de sus labios. Sus ojos azules, antes normales, reflejaban ahora un brillo de locura. La muñeca se acercó al depósito de gas que teníamos en un rincón del garaje y que lo repartía por toda la casa y, de un puñetazo,  hizo una brecha en el depósito. Entonces, lo comprendí. Si incendiaba el depósito de gas, todo volaría por los aires. Sin pensarlo, me abalancé sobre la muñeca para inmovilizarla. Sin embargo, como si la muñeca estuviera pegada al suelo, no conseguí moverla ni un milímetro. La muñeca me agarró por el cuello y me lanzó por la ventana que daba al jardín. Con un golpe sordo, rompí el cristal y caí de espaldas al suelo. Me quedé unos segundos tendido en el suelo, boqueado, hasta que conseguí levantarme y salir corriendo. Cuando salté la verja y llevaba un trozo de calle recorrida, la casa estalló en llamas y la onda expansiva me lanzó al suelo. Sonaba un pitido constante en mis tímpanos y me di cuenta de que me sangraban. Al intentar enfocar la vista, vi la cara de la muñeca que me miraba con una sonrisa tan ancha que parecía que se le iba a salir de la cara. Me miró fijamente con sus ojos azules, que se volvieron rojos, y me habló en una lengua extraña. Poco a poco fui perdiendo la consciencia hasta que quedé profundamente dormido en lo que parecía ser un sueño eterno.   

*** Lo entendí todo. Miré mis manos manchadas de sangre seca y supe que había matado a alguien. Podía haber matado a cualquiera sin saberlo, pues la muñeca me había poseído. Intenté levantarme pero mi cuerpo estaba tan destrozado y malherido que no podía siquiera  mover la cabeza y, por tanto, no pude evitar que la muñeca se levantara, fijara en mí sus ojos rojos y me hiciera perder poco a poco mi consciencia y la voluntad de mis actos. 


2º CICLO ALICIA CASAIS MORALES  3º DIV 


DIARIOS DE NOCHEBUENA

Era por la tarde, las vacaciones de Navidad acababan de comenzar en la ciudad mexicana de Veracruz y todos estaban impacientes por celebrar la Nochebuena con sus familias.
A las afueras de la ciudad, en el bosque, un grupo de amigos celebraban haber empezado las vacaciones. Cristian, un chico de 17 años, se sus padres.
Aquella tarde decidió tomar un atajo por el camino del ciego, pero terminó desorientándose y se le echó la noche encima.
Cristian empezó a escuchar sonidos bastante extraños para un bosque. Pensó que serían imaginaciones suyas, pero los sonidos se fueron haciendo más fuertes, convirtiéndose en susurros que se repetían constantemente: “1881” , “24 de diciembre”. De repente el suelo se hundió a sus pies, había caído en una especie de refugio oscuro y húmedo. Con la pantalla del móvil consiguió un poco de luz para ver.
Al levantarse del suelo sintió algo metálico y puntiagudo en su espalda, como si alguien le estuviera a punto de atravesar con un cuchillo. Cristian se giró para ver a su agresor y con la luz del móvil vio que solo se había chocado con una hoz, colgada en la estantería llena de cuchillos, hachas, garfios… Cristian, asustado, se echó hacia atrás y tropezó con un mini baúl que tenía un diario de 1881. Lo cogió y lo leyó. En la primera hoja se leía el nombre de Jonathan Dawson, un prisionero inglés trasladado a la prisión de México que se escapó de ella. En el diario de Dawson cada 24 de diciembre, a la medianoche, asesinaba a sus víctimas desmembrándolas y robándoles el corazón.
Cristian leyó un párrafo más abajo:
24 de diciembre de 1891
Esos malditos soldados creen que se han librado de mi matándome con mi propia arma y cortándome la mano, pero juro que me vengaré de todos ellos y la ciudad de Veracruz.
Cristian pudo ver que había más páginas escritas en el diario y todas trataban de asesinatos en la noche de Nochebuena. Se fue a la penúltima página donde pudo leer sobre el asesinato de María López, una antigua compañera suya que murió el año anterior en Nochebuena del mismo modo que todas las víctimas del asesino.
Cristian salió corriendo de ese refugio llevándose el diario. Se alejó lo más posible hasta un claro, ahí abrió la penúltima página del diario y se descubrió que la siguiente víctima sería él, tal y como había escrito el fantasma de Jonathan Dawson.
Cuando Cristian salió del bosque las calles de la ciudad estaban desiertas y oscuras. El chico debía llegar a su casa antes de la medianoche. Solo en su casa estaría seguro porque el fantasma no podría entrar a menos que le invitasen a pasar.
Pero fue todo demasiado fácil. Cristian llegó a tiempo a su casa, mucho antes de la medianoche. En ese momento llamaron al timbre. José, el padre de Cristian fue a abrir. Era Miranda, su mujer.
Después de cenar los padres de Cristian se acostaron y él se quedó abajo, en el salón, viendo la tele y se quedó dormido.
A las doce en punto se despertó. Había oído un ruido en la cocina. Con sigilo fue hacia allí y encendió la luz. Era su madre que había bajado a tomar un vaso de chocolate caliente. Viendo que no había peligro volvió al salón tranquilo, pero se dio cuenta de que en el jardín había algo. Encendió la luz del porche y vio a su madre despedazada. Rápidamente subió al cuarto de sus padres subió el cuarto de sus padres y vio que todas las paredes estaban manchadas de sangre. Su padre estaba al otro lado de la cama en el mismo estado que su madre, despedazado y descorazonado.
De repente un cuchillo le atravesó el hombro y vislumbró a su madre con el cuchillo ensangrentado. La mujer se transformó en un horrible espectro pálido, con los ojos rojos, brillantes, profundos y con una sola mano. En la otra, en vez de mano tenía una hoz. ¡ Era Jonathan Dawson ¡.
El fantasma se abalanzó hacia él dispuesto a cortarle la cabeza, pero Cristian huyó hacia su cuarto donde cogió el diario. Al fantasma no le hacían falta las puertas, atravesó la pared y se abalanzó hacia Cristian, pero a los dos segundos, el seguía vivo y el fantasma había desaparecido, se había quedado atrapado en su propio diario. Cristian con cuidado, cogió el diario que estaba abierto por la última página, en la que ponía en letras mayúsculas: “FIN”. Abajo había un mensaje del fantasma:” AHORA TÚ OCUPARÁ MI LUGAR Y SEGUIRÁS ESCRIBIENDO TUS CRÍMENES CADA NOCHEBUENA EN ESTE DIARIO”.
Soltó el diario y lo dejó caer al suelo. La mano derecha de Cristian se había convertido en una hoz y su piel morena ahora era transparente. A partir de ese momento el sería el asesino de las noches de Nochebuena y cada 24 de diciembre a medianoche se cobraría a sus víctimas, escribiendo sus fechorías en los diarios de Nochebuena.